La Democracia y la envidia

Hay una cuestión inherente a la democracia como sistema político y metafísico.

La misma está condenada a terminar de manera trágica en toda y cada una de las manifestaciones materiales de los planos arquetípicos.

La democracia, siendo un concepto muy bonito solo puede “funcionar” en el plano espiritual, el cual es un plano y lo es todo al mismo tiempo.

Envidia democrática

La misma existencia material trae consigo una serie de cualidades absolutamente indisolubles de la misma, entre las cuales están la envidia y la codicia.

Ambos conceptos o ideas metafísicas fundamentales condenan a la democracia al eterno fracaso, o triunfo, si lo vemos desde el punto de vista del Señor de la Materia, el Demiurgo.

Siempre que haya un grano de envidia – y pueden estar seguros que siempre lo habrá – la democracia está condenada a desembocar en un sistema totalitario de manera natural.

Siempre habrá una persona que no podrá resistir la tentación de votar con su bolsillo, de apoderarse de la energía ajena con el arma que le da el sistema igualitario por antonomasia.

Envidia y política

Como la envidia en este mundo material es sobrante, el camino indefectible de la democracia es hacia el crecimiento exponencial del estado público, el cual terminará por absorber a toda la masa de la sociedad mundial de la misma manera que un remolino de agua absorbe todo lo que tiene alrededor.

Lo curioso del asunto es que a medida que el torbellino, o espiral absorbente, va succionando toda la energía que encuentra alrededor, el grado de envidia aumenta aún más en un proceso de retroalimentación que es casi perfecto.

A más materia, mayor crecimiento de los sentimientos metafísicos consecuentes con la misma, entre los cuales la envidia es preeminente.

¿Cómo derrotar esto?

Me temo que en el dominio de nuestro plano material es imposible.

¿Ausencia de envidia?

La democracia solo podría ser aceptada por un espíritu libre en un mundo ausente de envidia o codicia. Un mundo de seres libres en armonía y existencia absoluta, lo que podríamos denominar el Verdadero Cielo.

Pero en un reino tal, la democracia sería innecesaria, pues la misma conlleva a luchas de poder, sumisión a las leyes de la masa y, en definitiva, al reino de la política y la igualdad.

El único precepto válido para luchar contra las consecuencias de la envidia es la defensa a ultranza de la propiedad privada y de los valores inherentes a la misma.

El problema es que aquellos que poseen más propiedad privada, la mayoría de los dueños de las multinacionales, usan la misma para arrinconar la libertad de los demás a través del control del aparato estatal. Venden su alma al diablo a cambio de la riqueza pasajera.

Envidia igualitaria

Tal sistema, el actual, no es para nada un sistema de propiedad privada o capital, sino de propiedad pública y democracia. Son cosas diferentes.

Lo que pasa es que los alquimistas oscuros lo han tergiversado todo y nos enseñan a ver lo que en realidad, no es.

La democracia aparenta ser el sistema más bonito, pero cuando uno escarba un poco en su superficie y descubre lo que hay detrás, encuentra mucha oscuridad.

La oscuridad que es inherente a la igualdad proveniente de la envidia, o sea la Igualdad del Demiurgo.