Es bien conocido que la masonería tiene unos grados que van del 1 al 33, en teoría.
Y que esos grados se van formalizando en los rituales que llevan aparejados cada uno.
En teoría, son actos en los que se transmiten lecciones morales o filosóficas, y entran dentro de lo que se podría considerarse como representaciones teatrales o alegóricas.
Visto así, parecería un secta filantrópica de carácter humanitario.
Un sistema que conlleva a creer que hay un dios universal llamado el Gran Arquitecto del Universo, y cuyo fin es el de conseguir la universalidad.
¿Pero qué dios querría conseguir eso y abolir las diferencias?
Ahí ya tenemos una pista clara de lo que trata el tema.
Los grados de la masonería como la escalera para llegar a Lucifer
En la cultura popular con el tiempo se ha ido llegando a la conclusión de que el verdadero objetivo de la masonería es adorar a Lucifer, sobre todo en los círculos cristianos o conspiranoicos.
Tenemos las obras de Albert Pike o las de León Meurin, que nos hablan con bastantes detalles de la simbología o el fundamento oculto que hay detrás de la organización.
Es evidente que es un sistema que conlleva un alto grado de secretismo y ocultismo.
Entonces ¿Qué serían esos ritos asociados a los grados, o los mismos grados en sí?
¿Qué representarían?
El sacrificio gradual de la Verdad.
¿Y por qué gradual?
Porque es un proceso, tal y como ocurre también en el mundo real, que va de boca y sin freno hacia el sistema universal ese que tanto predican.
Un sistema, que mediante pequeños sacrificios de la verdad graduales, va alcanzando un estado de «perfección», hasta llegar al universalismo final, el cual, tras alcanzar el objetivo de eliminar las diferencias, se obtiene ese anhelado mundo de la Gran Obra, donde todo, por fin, es «igual».
Es decir, cada uno de los rituales para ir llegando a los grados superiores son sacramentos que de una manera esotérica representan un sacrificio de la Verdad.
Es, en realidad, lo mismo que los sacrificios que se hacían a Moloc con infantes.
Esos sacrificios eran para «aplacar» al Dios infernal, que se regocijaba, al parecer, en el sacrificio de la Inocencia.
Los masones hacen lo mismo, pero no de una manera tan brutal como quemando niños.
Al final, el sacrificio de la Verdad, y de la Inocencia, son dos caras de la misma moneda.
Esos sacrificios, además, implican otra cosa: la adoración de la Mentira.
De ahí el carácter teatral y bufonesco de los rituales.
De la logia al mundo real: una oda a la Mentira
El escoplo, el mazo, los guantes, y todos los elementos simbólicos de cada ritual, no son más que las herramientas simbólicas de que para llegar a alcanzar la Gran Obra, tienen que ir haciendo un trabajo conjunto, como buenas abejas u hormigas, en el cual, se requiere una representación teatral constante.
Esa teatralidad no se queda solo en la logia, claro está.
En la logia hacen el pacto, y el rito sagrado para ultrajar la Verdad.
Luego, eso lo tienen que ir llevando a la práctica en la calle, poco a poco, de diferentes maneras, mediante al Arte de la Mentira.
Al ser una secta, se dan privilegios unos a otros, que de otra manera no podrían conseguir.
Dicho de otra manera: usan el club para llegar a acuerdos que les permitan beneficiarse de una manera ventajosa.
Por ejemplo, conseguir un favor político o económico importante.
¿Qué se sacrifica al hacer ese favor?
La verdad.
¿Por qué?
Porque el acto en la realidad supone un falso juramento, o un acto falseado, como podría ser la consecución de un puesto en la judicatura. Se supone que el puesto es conseguido por el mérito, pero la causa verdadera está en el trato alcanzado en el club.
Así es como se termina en una sociedad totalmente corrompida y compuesta por payasos literales. De ahí también, la predilección de las sectas masónicas por el arte circense de la burla.
¿Ves?
La adoración a Lucifer, aunque supuestamente oculta desde el principio, es más que evidente.
Desde el principio te obligan ya a hacer una serie de actos basados en la falsedad.
Unos actos, que de manera metafísica están íntimamente ligados con el desafío a Dios, o sea, al uso consciente de la mentira.
A medida que se va avanzando en los grados y los rituales de carácter satánico, se van alcanzando nuevos conocimientos y verdades, que estaban ocultas a los principiantes.
Poco a poco les van siendo revelados asuntos que tienen que ver con su aportación a la Gran Obra.
Se va requiriendo de la colaboración para ir construyendo esa gran monstruosidad que es la sociedad moderna.
Aquí entramos ya en un punto más avanzado de la adoración a Lucifer, que ya es en este punto evidente.
Ahí es donde empiezan a colaborar con las órdenes que les vienen de arriba, y no pueden dudar en participar en lo que se les pida.
Si se les pide que colaboren en realizar un acto falso en la vida real, como es prácticamente todo lo que se supone que es real, como las noticias del telediario, lo hacen sin pestañear.
Así es como acabamos en los rituales de «falsa bandera», y otras abominaciones, tales como las innumerables odas a la Burla que tuvimos en episodios como el Covid, pero que en realidad se dan de manera diario y continua en todo el mundo y abarcando todas las ramas de la sociedad.
Ahí es donde a ponen en juego sus «habilidades» aprendidas en los grados más bajos de la secta.
Aquí nos acercamos al verdadero carácter del grado 33: el conocimiento de la Androginia.
Que es a donde quiere llegar el Gran Arquitecto.
Ahí es donde aprenden lo que es el árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.
El Arquitecto dice que el mal del mundo son las diferencias, y que como las mismas son la causa de todos los males, lo que hay que hacer es eliminarlas.
Una vez eliminadas se alcanzan esos objetivos de la fraternidad, la igualdad y la libertad.
Pero para ello fue necesario llevar a cabo todos esos actos, tanto en la logia, como fuera, que conllevaron esos sacrificios de la Verdad constantes.
La Verdad se va sacrificando poco a poco, pero sin pausa, de tal manera que al final se termina.
Cuando ya no queda más Verdad que sacrificar, es cuando alcanzan el objetivo, el Tikun Olam, o en su terminología, la consecución de la Gran Obra.
Según ellos, llegar a esa Gran Obra es llegar a la verdad.
¿Pero qué verdad es esa?
La del conocimiento de la Androginia.
¿Y qué implica?
La consecución de la Mentira como estado metafísico final.
Y eso es así porque la Androginia es la religión de las dos caras. Las dos caras significan que la cara de la verdad existe solo para ser vilipendiada y dar vida a la de la Mentira. La lógica irrefutable dice que la Mentira necesita de la Verdad para existir, pues no tiene fuerza ontológica por sí misma.
De ahí la consecución de la monstruosidad de las dos caras.
De ahí la monstruosidad de su doctrina.
La Verdad, por otra parte, no necesita de la mentira ni de dos caras.