Autarquía y Libertad

No es raro ver en los estudios de los liberales de los tiempos modernos un desdén y rechazo hacia la idea de la autarquía, la cual produciría la máxima pobreza.

Según éstos, el ideal socioeconómico es lo contrario a la autarquía, siendo este el libre comercio, y por tanto el libre albedrío de los pueblos de la tierra. Y pensamos que en ello tienen razón y no a la vez, pues no todo es tan sencillo como aparenta.

La visión de la historia y la sociedad de los liberales, y de su máximo exponente del Siglo XX, Ludwig Von Misses, pasar por ser evolucionista y lineal, aceptando de esta manera las tesis de Darwin y todos los cientifismos modernos.

Lo cual ya nos dice de alguna manera el error fatal al que se exponen sus ideas.

Por un lado, dichas ideas están en lo cierto en lo referido a la superioridad de la gestión de la propiedad privada con respecto a la propiedad pública, pero se equivocan al señalar el proceso histórico como un avance continuo de la preponderancia de la propiedad privada y el aumento de la libertad; cuando lo que se ha producido ha sido justo lo contrario.

Autarquía historia

En los tiempos prehistóricos no había sino grupos tribales autárquicos, y por lo tanto, dan por hecho de que las sociedades se gestionaban según fundamentos de propiedad pública; es decir, que eran más socialistas.

Pero volvemos a repetir aun a costa de sonar cansinos: justo lo contrario es la verdad.

Tampoco se daba el socialismo en las primeras agrupaciones agrícolas de la historia (Caín), siendo estas el primer ejemplo claro de una sociedad “anarcocapitalista”.

A este respecto la idea oficial vendría a ser que la agricultura nació en lo que hoy sería la India, Egipto y Oriente Medio, y por tanto se da por hecho que los inventores de la misma fueron los pueblos meridionales, idea con la que no podemos estar de acuerdo ya que pensamos que el origen de la agricultura (Caín) vino del Septentrión, ya que no olvidemos, el origen de las primeras aristocracias romanas y nórdicas de antaño, provenía de sociedades agrícolas y granjeras (1).

No obstante, tampoco importa si esto es así, o no, pues lo que está claro es que en dichas sociedades agrícolas antes de las primeras ciudades, la organización era ante todo no socialista, o mejor dicho, no había propiedad pública o la misma era ínfima.

Por el contrario sí había libre mercado y libre voluntad de asociación; ideas totalmente contrarias al concepto de democracia igualitaria y universal actual.

Estas, al igual que las sociedades de cazadores previas, fueron sociedades autárquicas.

Autarquía productiva

Las sociedades autárquicas de antaño tenían una organización anarquista de propiedad privada, y por tanto profesaban un rechazo natural a la relación excesiva con agentes foráneos pues sabían que del contacto con miembros ajenos a la tribu o “raza” acabarían por nacer relaciones de dominio que son completamente inevitables. Esas relaciones de dominio, acabarían tarde o temprano en la amalgamación de las diferentes tribus y en el inevitable nacimiento del Estado y de toda su maquinaria confiscatoria y parasítica.

Por eso, tal y como piensa Hans Hoppe (Democracia, el Dios que falló), tan pronto como desapareciera el Estado actual en su totalidad, quedando una sociedad de propiedad privada, ocurriría una vuelta a la autarquía radical por parte de los miembros de las diferentes facciones que irían surgiendo, en la cual los iguales se irían atrayendo mutuamente (semejante atrae semejante; Platón), de tal manera que el inteligente se uniría al inteligente y el sereno al sereno, así como aquellos con comportamientos disruptivos acabarían expulsados de las asociaciones varias con la posibilidad de poder reorganizar las suyas propias.

Por ejemplo, una asociación de comunistas radicales podría intentar llevar a cabo su comunismo en el grupo de parias que resultarían de la expulsión de otras asociaciones.

Esto es así, porque en ausencia de Estado las asociaciones autárquicas basadas en la propiedad privada no aceptarían de ninguna manera la defensa de ideas de propiedad pública radical, tal y como hacen los modernos.

De esta manera, los grupos resultantes de estas asociaciones rechazarían también todos los ideales modernos igualitarios, entre ellos el de la inmigración subvencionada por los estados mediante el expolio de la población productiva local; hecho al que curiosamente se une con fervor la práctica totalidad del resto de la población local, que ha tiempo dejó de ser productiva.

Fin de la autarquía económica

Es por todo esto que viendo que el avance del proceso histórico es hacia menos autarquía y más socialismo individualista e igualitario, hemos de entender que todo proceso que rompió la autarquía de las sociedades primigenias tuvo que ser un proceso subversivo y detrimental para con la propiedad privada, la voluntad propia (free will) y, por tanto, la libertad.

Aquí tenemos que hacer diferencia entre dos élites, las cuales muestran una visión completamente radical del mundo.

Por un lado las élites que aprecian la austeridad y por otro lado las que aprecian la búsqueda del poder y el placer por encima de todo.

Entre las primeras tendríamos como mejor ejemplo, el patriciado romano y su consecuente relación con la escuela estoica, defensora a ultranza de la autarquía de la autosuficiencia absoluta.

Las segundas tendrían su mejor representante en las élites del pueblo judío y en los diferentes grupos subversivos modernos como la masonería e Illuminati, que habrían rechazado cualquier límite moral y ético para desarrollar su estrategia de búsqueda del poder y dominación global, de tal manera que defienden la propiedad pública hacia afuera –sabiendo que es lo que más conviene a su estrategia a largo plazo- mientras practican la propiedad privada para sus adentros. Y de esta manera, apoyando las diferentes subversiones de los pueblos foráneos, han logrado ir acrecentando su poder a medida que el mundo se globalizaba cada vez más, estando ya a solo un pequeño paso de la conquista del gobierno mundial, en el cual el mundo entero vivirá un socialismo general, pero ellos vivirán dominando al anterior mediante el control de los resortes del Estado.

En este sentido podemos considerar a estas élites, promulgadoras del ideal igualitario como anti autárquicas, pues saben bien que la autarquía de un país o pueblo supone un detrimento en su estrategia global, incluidas las “autarquías” nacionalsocialistas.

Es evidente que un hombre no puede ser libre bajo el designio de estados como los del mundo moderno.

Todo lo que subyace a los mismos tiene un carácter sofocante y esclavizador. Pero tampoco se puede ser libre en un estado antiguo aunque fuera basado en preceptos de propiedad privada, tal y como hemos conocido en toda la fase final del kaly yuga.

A lo sumo se puede aspirar a mantener el orden por el máximo tiempo posible, pero sabiendo que siempre que se dependa de inferiores, sudras o esclavos, se terminará por pagar con la renuncia a la “autarquía” y el ascenso de los caracteres “securitarios” (2).

Así tenemos que ni la India Aria, ni Esparta, ni Roma, ni ningún territorio que se basara en dicha dominación pudiera perdurar en el tiempo con su carácter originario, y menos si tenemos en cuenta, que el orden creado por el dominio de lo superior sobre lo inferior acaba trayendo, de manera lógica, un estado de optimismo y bienaventuranza general, que a la larga hace desaparecer el austero modelo inicial.

Antítesos del espíritu y el poder

Es por ello que el espíritu verdaderamente libre se encontrará disconforme incluso en posiciones de poder, pues su misma naturaleza le hace rechazar el mismo en cualquier sentido.

Esto no le evita darse cuenta de que evitando el mal mayor, lo superior ha de subordinar a lo inferior, pues lo contrario no es más que la subversión de todo orden natural y/o espiritual.

De esta etapa moderna ya no se puede esperar una futura rectificación por parte de aristocracias granjeras o guerreras de ningún tipo, ya que lo que tenemos por delante, es ni más ni menos el fin de un manvantara o el Ragnarok.

La verdadera libertad y autarquía no podría sino estar en el otro extremo de la manifestación actual, y ese no es otro que en el polo espiritual, donde toda idea es libre y absoluta.

En la manifestación física después de la caída demiúrgica, nos adentramos en el domino del polo opuesto, aquel que nos lleva a la multiplicidad y la indiferenciación del mundo presente, a lo cual seguirá de manera inexorable un “vuelco” metafísico hacia el estado autárquico natural.

 

(1)   Hans Günther: The religion attitudes of the Indo-Europeans.

(2)  Bertrand Jouvenel: Sobre el Poder.