Pacific Rim, el mercado negro y la visión antiestatalista

Hace unos días vi la película Pacific Rim. Siempre me ha gustado el cine de fantasía y de ciencia ficción. Al parecer es una característica bastante común en aquellos que se consideran libertarios o anti Estado.

De alguna manera la ciencia ficción ofrece una vía de escape a lo “real”. Una huída hacia los territorios de lo desconocido; hacía donde no todo se puede explicar con la física “normal”; en cierto modo, es un viaje a los confines de la metafísica.

A esa ciencia ya perdida y que ha no mucho era parte fundamental en los asuntos humanos, de tal manera que en las tradiciones de antaño, la característica fundamental de la jerarquía superior era la espiritual y la de conferir un uso trascendental en los ritos.

Esto suena a fantasía y cuentos para niños, pero algo me dice que fue muy real.

 

Esta película no pasa por ser una más de ciencia ficción en la cual nos escapamos por un rato del mundo actual para adentrarnos en las fantasías de un mundo apocalíptico víctima de un ataque alienígena proveniente de otra dimensión, el cual tiene lugar desde lo profundo de las profundidades del Océano Pacífico.

Es una película con un público objetivo marcadamente masculino y amante de este tipo de obras.

No es para todos los públicos evidentemente.

La calidad de la misma deja bastante que desear en aspectos de guión, diálogo y escenas de acción un tanto confusas con el exceso de “movimiento” que tiene ese tipo de cine hoy en día.

No obstante, la mayoría de los amantes del género obviamos todos los posibles fallos y nos quedamos con el mero espectáculo de una batalla titánica entre monstruos y robot diseñados por los humanos para intentar salvar la humanidad de la destrucción total.

Las batallas entre los kaijus (monstruos) y los yeiger (robots) están bien logradas desde mi punto de vista.

Pero de lo que quiero hablar realmente es de un pequeño trasfondo que me llamó la atención en la película; y ese trasfondo no es otro que un guiño a la propiedad privada y una “condena” a la propiedad pública de los medios de producción, es decir, al Estado igualitario actual.

En la película llega un momento que los gobiernos mundiales deciden ponerse de acuerdo y construir una horda de yeigers para combatir esos monstruos apocalípticos.

Hasta aquí, todo normal.

Supongo que esos gobiernos acudirían a las mejores empresas de armamento para la construcción de los mismos.

Todo bien, hasta que llegado un momento, y ante la aparente calma y al mismo tiempo imposibilidad de llegar a una victoria final, los gobiernos deciden dar de lado el programa de los yeiger y cancelarlo, al mismo tiempo que fomentar la construcción de un “muro de la vida” que construido a lo largo de todas las costas del mundo serviría para detener cualquier ataque de los kaiyus, cuyas apariciones parecían no tener fin.

Con la construcción del muro de la vida es donde se encuentra el primer gran error que  acomete un Estado de propiedad pública en la gestión de los recursos: construir obras faraónicas que no sirven para nada y que producen un gasto inútil.

Gasto público inútil en cine

En esto las autoridades públicas son siempre maestras. Todo el gasto que realizan es mediante un consumo de energía para producir siempre considerablemente menos mucha menos energía de la gastada, y en la mayor parte de los casos, para nada. Algo así como los aeropuertos en medio de la nada.

La magnitud de dicho muro era de cientos de metros de altura y espesor.

Se puede imaginar la magnitud de dicha obra y la destrucción causada para la sociedad humana (esto no se ve en la película obviamente) consecuencia de la misma, cuando los únicos que habían parado a los kaiyus hasta el momento habían sido los yeiger.

Todo se vino abajo, cuando un kaiyu de nueva generación destruyó el muro sin problema y se vino abajo toda la planificación de los estados mundiales.

Después de eso, como la producción de yeigers se había parado, solo quedaban cuatro de estos para afrontar el dilema final.

Lo curioso es que cuando el Estado ordenó paralizar el programa de los yeiger, los que eran responsables del mismos los llevaron a Hong Kong, una de las pocas regiones del mundo donde todavía hay un atisbo de propiedad privada en el mundo (aunque dista mucho de ser una sociedad de propiedad privada).

En esto hay un guiño inequívoco de Del Toro hacia lo que es la verdad absoluta que la solución verdadera a todos los problemas se encuentra en la gestión privada de los medios.

En Hong Kong, consiguen financiación y la ayuda de el mayor traficante del mundo en el mercado negro de los kaiyus.

Mercado negro cine

Aunque parezca inaudito, esta es una película de ciencia ficción actual que encuentra la salvación en el mercado negro; la misma antítesis de la burocracia estatal (a la cual nos dirigimos a marchas forzadas).

Esto no es algo que se pueda ver en muchas películas sin duda.

En muchas otras del género hay un trasfondo o bien de derrota completa o bien de prominencia del estado público como el salvador de la humanidad.

No sé si dichos guiños a la propiedad privada son a propósito e idea de Del Toro o si son casualidades del guión. Pero, tanto en el cine como en la literatura, y sobre todo la de hoy en día, no creo mucho en las casualidades.

La película puede parecer globalista en extremo, por la cooperación total del mundo para derrotar a los enemigos de la tierra; y también por el carácter interracial de los personajes.

Pero cuando uno mira más allá, ve que puede que el mensaje no sea tan globalista después de todo.