Cómo de bajar de peso

Perder peso es una de las cuestiones más populares de nuestras sociedades modernas.

Si pensamos un poco nos daremos cuenta que la práctica totalidad de la gente que conocemos ha querido perder peso en algun momento de sus vidas, ya sean hombres o mujeres, mayores o menores, moros o cristianos.

El perder peso es uno de los dogmas de nuestras sociedades, lo cual no es difícil de entender si tenemos en cuenta el problema de obesidad que afecta a las mismas, así como los estándares de belleza que priman los “six pack” y las modelos esqueléticas.

De ahí que la gente se vea “empujada” a intentar perder esos kilos indeseados y alcanzar un cuerpo de vigilante de playa.

Bien, nada que objetar aquí, incluso yo pienso y he pensado en perder peso en innumerables ocasiones, unas veces con más éxito y otras con menos.

Si hacemos caso a los consejos de la sociedad moderna basados en los supuestos conocimientos médicos de la mayoría de expertos llegaremos a la conclusión de que el mayor enemigo de un cuerpo sano es el azúcar y todos los variantes de la misma, incluidas las frutas, el pan, los granos, etcétera.

De ahí que no haya falta ir muy lejos para llegar a la conclusión de que una dieta baja en azúcar es la solución para bajar de peso.

¿Y quieres que te diga algo?

Funciona.

Ahora bien, ¿A que precio?

Dieta para bajar de peso

Con la asunción generalizada de que el azúcar es la amiga de un cuerpo mucha gente llego a la conclusión de que la mejor manera para bajar de peso era la de realizar dietas bajas en carbohidratos; las llamadas low-carb en ingles.

Entre estas dietas de las cuales hay varias variantes, cogieron mucha fuerza las que hacían énfasis en el consumo de proteínas y grasas “saludables”, como las insaturadas presentes en las nueces, aguacates, aceites vegetales, aceites de pescado, omegas varios, etcétera.

Perder peso en el Paleolítico

Una de las variantes más populares de estas dietas fue la llamada paleo.

Paleo porque supuestamente seguía los principios alimenticios de los habitantes del periodo Paleolítico, es decir, una dieta basada en productos crudos, con proteína animal y poca azúcar.

Productos crudos, como vegetales, porque se supone que el hombre consumía esos vegetales en esa época.

La carne animal porque se supone que el hombre cazaba esos animales, siendo la manera mas “natural” de proporcionar alimento.

La escasez de la azúcar porque se supone que el hombre no usaba azúcar refinada, la cual es un invento más bien moderno.

En este punto, intentaron buscar tres pies al gato encontrando excusas varias para excluir a las frutas de estas dietas, argumentando que el hombre de antes no comería tantas frutas por no se sabe bien qué razones, etcétera.

Argumento complicado de entender, porque la fruta es el alimento natural mejor provisto por la naturaleza.

Es decir, para conseguir las mismas solo hace falta cogerlas del árbol donde crecen, sin mucha historia.

Sin embargo, otros alimentos supuestamente “sanos”, como el aceite de pescado, se supone que eran frecuentemente consumidos por el hombre del paleolítico. Como si este se pusiera a elaborar el omega 3 con salmón del Pacifico.

Un tanto extraño, pero asi estaban las cosas.

Con este panorama, y estas dietas ricas en proteínas y grasas insaturadas, llego la revolución de las dietas paleo, atkins, “primal”, y las miles de variantes de las mismas.

Como dije antes, esas dietas funcionan para bajar de peso.

Hace muchos años, tras leer muchos blogs e información en internet, pase mucho tiempo leyendo el blog de Joseph Mercola, el cual defendía una especie de dieta paleo con su propia versión, por decirlo así.

Con las recomendaciones de Mercola y de otros similares como Mark Sisson y artículos sueltos por aquí y por allí me decidí a probar esas dietas que prometían resultados tan maravillosos.

Cuando empecé el proyecto tenía 86 kilos aproximadamente, y una masa muscular bastante mala, con bastante grasa, aunque esto es algo que siempre tuve, desde pequeño. Cosas de la infancia y pre-infancia y el resultado de verse expuesto a demasiado estrógeno, supongo, algo de lo que pocos se percatan hoy en día, pero cuya plaga ha estado azotando al mundo desde hace varias décadas. Hace medio un siglo, la epidemia de estrógeno era casi inexistente.

Bueno, tan pronto como comencé esta dieta de filetes, pechugas de pollo, ensaladas, nueces, almendras, aguacates, algunos que otros granos, algo de café, alguna fruta muy ocasional (para intentar justificar el hecho de que el hombre cavernícola comía alguna que otra fruta después de todo), etcétera, empecé a perder de peso.

Es más, al cabo de dos meses había perdido unos 17 kilos, y sin hacer prácticamente ejercicio, pues incluso había tenido una pequeña lesión que me impidió realizar gimnasio u otras actividades por un tiempo.

Increíble, pensaba que había dado con la cura de todos los problemas.

De repente, me encontraba muy delgado, y con la grasa casi desaparecida, aunque también parte de mi masa muscular se fue con ella.

En general, el estado en el que me encontré fue un poco famélico, por decirlo de alguna manera.

Un hombre de 1,85 pesando 68 kilos no es algo que impresione mucho, al menos para bien.

Más bien me acercaba más a un jonky que otra cosa.

Aunque he de decir que al principio me sentía bastante bien, es decir, los primeros meses.

Cosa diferente fue cuando paso más tiempo, y unos meses más tarde me empecé a encontrar con problemas de energía, de mal sueño, libido y demás.

De alguna manera me di cuenta de que había algo que fallaba en esa dieta.

Con toda una serie de problemas físicos apareciendo de manera cada vez más obvia decidí dejar esa dieta y volver a comer normal.

Sin dejar de comer las cosas que me indicaba la dieta “paleo”, volví a incluir cosas que había cortado casi totalmente como: leche, azúcar, mas frutas, pan, más patatas, más de todo, básicamente.

De manera increíble y tan rápido como bajé, volví a subir de peso hasta donde estaba antes, unos 85 a 90 kilos.

Un peso en el que no estaba mal y comparado con el anteriores me hacia mas hombre y menos “yonki”.

Con esto quiero decir que sí es posible poder bajar de peso.

Para ello no hace falta ninguna pastilla milagrosa ni cuestiones raras.

Cierto es que dejando de comer azucares y leche baje de peso de manera dramática.

Pero también cierto es que con los meses otros síntomas de un metabolismo disfuncional empiezan a aparecer.

Algo parecido a lo que le ocurre a muchos vegetarianos, que después de dejar la leche de vaca por la leche de soja se encuentran con que ganan de peso y pierden masculinidad, por decirlo de alguna manera.

Y si algo me dice la experiencia es que las dietas vegetarianas no son buenas para perder peso, al menos para una mayoría de individuos. Aunque aquí hay que tener en cuenta que muchas de las dietas “vegetarianas” que sigue la gente son un tanto extrañas e incluyen muchos productos modernos que no tienen mucho de óptimos.

¿Qué tenemos que hacer para bajar de peso realmente?

Este es un tema muy complicado y que no funciona para todo el mundo, como casi todo lo relacionado con salud hoy en día.

Aquí podemos encontrar métodos y sistemas que les han ido bien a unos y no tan bien a otros y viceversa.

En lo que si deberíamos concentrarnos es en el hecho de intentar conseguir un sistema de alimentación o ejercicio que no afecte a nuestro estado general de salud.

Pues de nada sirve bajar de peso de manera radical si luego tenemos un estado mental de soponcio casi todo el día, por poner un ejemplo.

Lo ideal sería, no tanto bajar de peso, sino lograr tener una salud de acero, que en el caso de un hombre se traduciría por buena masa muscular, claridad mental, ausencia de fatiga, libido muy alta, confianza, etcétera.

Si logramos conseguir eso habremos conseguido llegar a un cuerpo más o menos idóneo teniendo en cuenta nuestras limitaciones genéticas, pues aquí no se pueden hacer milagros.

Por lo tanto, más que concentrarnos en perder de peso en sí deberíamos concentrarnos en mejorar el estado de nuestro metabolismo.

Una de las mejores maneras de comprobar que nuestro metabolismo funciona bien es ser capaces de dormir bastante bien o de tener una función sexual fuerte, entre otras.

Calorías y bajar de peso

En este sentido hay muchas teorías que hacen hincapié en las calorías ingeridas y el peso de las personas.

Hay quienes dicen que limitando las calorías y contando las mismas es cuando podemos tener una idea científica de cuanto tenemos que cortar para empezar a bajar de peso.

Aun así, tenemos a otros que dicen que incluso cortando las calorías de manera dramática, el cuerpo se adapta a ello y no se acaba por perder peso.

Te puedo asegurar que encontraremos posiciones opuestas en ambos bandos.

En este sentido, desde mi experiencia te puedo decir que algo que funciona más o menos es el pasar un “poco de hombre”, pues en las ocasiones en las que he hecho ayuno por un día o más, siempre ha resultado que he perdido algo de peso, aunque luego lo recupere.

Por no decir de días en los que limite mucho mi ingesta de alimentos y logre bajar un par de kilos.

Esos arreglos me valieron de manera temporal, pero tan pronto como volví a comer “normal”, subí de peso de manera inmediata.

Siguiendo esta línea de pensamiento hay otros que dicen que es con  una pequeña sensación de hambre como mejor se baja de peso, pues comer por comer, como un glotón, es algo que en teoría no debería ayudarnos a bajar de peso. Y lo más aconsejable seria comer cuando tengamos ganas, al igual que deberíamos dormir cuando tengamos sueño, orinar cuando den ganas, o beber cuando haya sed. Viéndolo así, este método tendría bastante sentido.

Hacer ejercicio y bajar de peso

Sin embargo, incluso conozco de casos de gente que ha bajado de peso sin hacer prácticamente ejercicio y en dietas supuestamente malignas, es decir, llenas de azúcar, leche y frutas.

¿Pero cómo es posible que alguien que coma esas cosas de manera habitual pueda bajar de peso?

¿Comiendo azúcar y mantequilla y lograr bajar de peso, subir masa muscular y sin hacer ejercicio?

Suena a ciencia ficción, la verdad, pero es algo que se da en la realidad, en más casos de los que pensamos.

Bajar de peso y hacer ejercicio

Uno de los mantras más repetidos en el mundo es el de que para bajar de peso hace falta hacer ejercicio.

Esto tiene una lógica inmensa.

No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que alguien que se mueve quema más calorías que alguien quien está quieto.

Hasta aquí todo bien y con mucho sentido.

Ahora bien, en la sociedad actual se tiende a llevar las cosas a los extremos, y en el caso de bajar de peso y hacer ejercicio no son pocos los que abogan que para bajar más peso lo mejor es hacer mucho ejercicio, sobre todo aeróbico. Es decir, que los que más peso han de bajar son los que corren maratón.

Bueno, he de decir que ahí hay algo de verdad: difícilmente veras a un maratoniano con exceso de peso.

Más bien todo lo contrario.

Sin embargo, todo suele tener un precio, pues dichas prácticas, a pesar de “fortalecer” el corazón, conllevan una serie de cambios metabólicos que no ayudan a que el cuerpo funcione de manera óptima, por decirlo de alguna manera.

No obstante, si tengo que elegir entre un maratoniano y una persona obesa de 140 kilos viendo la televisión todo el día y comiendo patatas fritas y galletas, me quedo con el primero.

Aunque parezca una contradicción, la realización de ejercicio excesivo no es una buena ayuda para mejorar un sistema metabólico dañado.

En este caso, mejor que correr maratones, hacer crosffits, spinnings, etcétera, no es lo más idóneo.

En todo caso, si seguimos queriendo hacer algo así, siempre será mejor hacerlo al aire libre para aprovecharnos de un poco de luz y contrarrestar los efectos negativos de estrés excesivo.

Algo mejor sería realizar ejercicios menos “estresantes”, tales como caminar al aire libre, carreras cortas a las que añadir algunos tramos explosivos (sprint), algo de pesas en el gimnasio, o mejor aún, flexiones y sentadillas en el parque, etcétera.

Conclusión

Siempre tuve un peso entre 75 y 90 kilos, con ocasiones rondando los 67 y otras veces los 92, dependiendo de las circunstancias.

Salvo periodos de estrés “forzado”, como la dieta “paleo”, u otros experimentos con drogas, por ejemplo, mi peso siempre tendió a estar por encima de los 80 kilos.

Ese peso no es mucho para alguien que mide 1,85.

Digamos que es un peso adecuado, para nada gordo.

Entonces, ¿Cómo es posible que no estuviera gordo si todos esos años comía cosas como las siguientes?

  • Bocadillos de ternera, pollo, lomo, salchichas, tortilla, jamón y queso, etcétera
  • Sandwiches idem
  • Potajes de lentejas, verduras, garbanzas, judías, etcétera
  • Caldos de pollo o pescado
  • Estofados de ternera, cerdo o conejo
  • Patatas casi de manera diaria, o bien fritas o bien guisadas
  • Verduras guisadas
  • Ensaladas varias
  • Bistecs de ternera, pollos asados, conejo frito
  • Tortillas españolas y francesas
  • Postres de todo tipo, incluidos helados
  • Galletas y croissants
  • Coca colas y refrescos
  • Quesos y leche habitualmente, con cereales varios
  • Arroz a la cubana (huevos, plátanos, salchichas, patatas fritas) y paellas
  • Frutas en abundancia

Eso y algunas cosas más.

Como ves, una dieta que mucha gente considera hoy en día mala por tener demasiada “azúcar” o “grasas” o “carne” o “refrescos”, etcétera.

Y sin embargo, esos años de mi juventud, me encontraba con mejor un peso contenido, a pesar de comer esas comidas en cantidades exageradas. Es decir, la gente que me veía comiendo pensaba: ¿Cómo es posible que coma tanto?

Por la lógica del “sentido común” debería haber estado como una vaca, pero la realidad es que no lo estuve.

Bien es cierto que a ciertas edades, uno quema calorías de otra manera, ya que el metabolismo de un cuerpo joven es mucho más eficiente.

Haciendo una dieta similar hoy en día y comiendo en las cantidades de antes, tendería a subir unos pocos kilos más, algo por encima de 90, pero sin llegar a estar gordo.

En fin, que lo que quiero decir es que no hay que dejarse llevar por los dogmas y relaciones causales “fáciles”.

En el tema de la comida, hay muchas cosas que no encajan con el sentido común.

Lo único que te puedo decir es que comas según te pida el cuerpo.

Que le escuches.

En este sentido, un cuerpo con unas extremidades frías, manos y pies, nos está dando señales de que falta “sangre”.

Lo mejor que podemos hacer en ese caso es alimentarnos para subir nuestro “estado metabólico”, es decir, para calentarnos un poco.

Saludos

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